por: Iris López
Cuando las campanas de la catedral anunciaban el final de la tarde hace varios años atrás, las calles del Centro Histórico de Quetzaltenango, comenzaban a quedar en silencio. Los comerciantes que tenían locales cerraban las puertas de sus negocios, varias familias regresaban a sus casas y disminuía el movimiento poco a poco. En aquel entonces, las actividad del comercio nocturno era menos y la pequeña ciudad descansaba más temprano que actualmente.
Durante las décadas de 1980 y 1990, el comercio se concentraba principalmente en los mercados y establecimientos formales. Los vendedores ofrecían productos tradicionales, alimentos y artículos básicos para el hogar. Las relaciones comerciales se basaban en la confianza entre compradores y comerciantes, quienes muchas veces se conocían desde hacía años atrás. No existían redes sociales ni ninguna plataforma digital para poder promocionar los productos; las recomendaciones se hacían de persona a persona, o como común mente se conoce de boca a boca.

Al transcurrir los años, Quetzaltenango empezó a crecer. La población aumentó, y aparecieron nuevos comercios y negocios, la dinámica urbana cambió. El Centro Histórico se convirtió en un punto de encuentro para estudiantes, trabajadores, comerciantes y visitantes provenientes de distintos municipios del occidente del país.
Junio de 2026:
Al recorrer las calles del centro durante la noche, el panorama es completamente diferente al de décadas atrás. Las luces de los comercios iluminan las avenidas, los vehículos transitan constantemente y decenas de vendedores ocupan distintos espacios para ofrecer sus productos. El aroma de comida típica, café y antojitos se mezcla con el ruido de los motores y las conversaciones de quienes aún permanecen en las calles.
A partir de las seis de la tarde comienza una nueva jornada para muchos comerciantes. Algunos instalan mesas improvisadas, otros acomodan canastos con mercadería y varios preparan alimentos para los clientes que salen del trabajo o de sus estudios. Cada noche representa una oportunidad para obtener ingresos y llevar sustento a sus hogares.

Sin embargo, la realidad actual también presenta desafíos que antes no eran tan visibles. Entre los vendedores informales existe una constante preocupación por los operativos municipales. Mientras algunos comerciantes cuentan con permisos para trabajar, otros ocupan espacios públicos sin autorización y deben mantenerse atentos a la presencia de las autoridades.
Cerca de las siete de la noche, una escena se repite con frecuencia. Un rumor corre entre los vendedores: agentes municipales realizan un recorrido por el sector. En cuestión de minutos, varios comerciantes comienzan a recoger apresuradamente sus productos. Las mesas desaparecen, las cajas son cargadas sobre los hombros y algunos se trasladan a calles cercanas para evitar el decomiso de mercadería.
Minutos después, las calles recuperan parcialmente la calma. Cuando el operativo termina, algunos vendedores regresan y continúan trabajando como si nada hubiera ocurrido. Para ellos, cada noche representa una lucha constante entre la necesidad de generar ingresos y el cumplimiento de las normativas municipales.
Las autoridades sostienen que estos controles buscan mantener el orden en el Centro Histórico, garantizar el libre paso de peatones y preservar la imagen urbana de la ciudad. Por su parte, los comerciantes argumentan que la situación económica los obliga a buscar espacios donde puedan vender sus productos y obtener recursos para sus familias.
Junio de 2026
La transformación del comercio nocturno también se refleja en la tecnología. Mientras en el pasado las ventas dependían únicamente de quienes caminaban por las calles, hoy muchos comerciantes utilizan teléfonos celulares para promocionar sus productos. Fotografías, publicaciones y mensajes en redes sociales forman parte de las herramientas que utilizan para atraer clientes.
A pesar de los avances tecnológicos y del crecimiento económico de la ciudad, las condiciones laborales de muchos vendedores continúan siendo complejas. Las bajas temperaturas características de Quetzaltenango, las lluvias repentinas y la incertidumbre sobre los operativos forman parte de su rutina diaria.

Al llegar las diez de la noche, algunos puestos comienzan a desaparecer. Los comerciantes guardan cuidadosamente sus productos y se preparan para regresar a casa. Otros permanecen algunas horas más, esperando concretar una última venta antes de finalizar la jornada.
Mientras las luces iluminan los edificios históricos y el movimiento nocturno continúa, resulta evidente que el comercio en el Centro Histórico ha cambiado profundamente con el paso del tiempo. Lo que antes era una actividad más tranquila y limitada se ha convertido en un espacio dinámico, marcado por la modernización, la competencia y los desafíos cotidianos.
La historia del comercio nocturno en Quetzaltenango es también la historia de quienes trabajan cada día para salir adelante. Entre calles iluminadas, puestos improvisados y el constante ir y venir de personas, se refleja una realidad que combina tradición, esfuerzo y adaptación a los cambios de una nueva época. Cada noche, en el corazón de Xela, comerciantes y compradores continúan escribiendo una crónica que sigue evolucionando con el paso de los años.
